Richard Trevithick no tenía ningún título. No tenía pedigrí. Lo que tenía era una habilidad especial para el vapor a alta presión y la voluntad de construir cosas que se suponía que eran imposibles. Nacido en 1771 en Illogan, Cornwall, creció alrededor de minas de mineral. En 1790 ya trabajaba allí como ingeniero. Las minas dependían de enormes e ineficientes motores de baja presión sólo para extraer el mineral del suelo. Trevithick pensó que eso era una tontería.
Sus experimentos con vapor a alta presión lo cambiaron todo. El resultado fue un motor pequeño y ligero. Reemplazó a esos voluminosos predecesores. En 1801 construyó el primer vagón de vapor. Lo condujo por las calles de Londres. La gente estaba aterrorizada. Era una bestia sobre ruedas ruidosa y sibilante. Tres años más tarde, en 1803, construyó la primera locomotora de vapor para una ferretería en Gales.
Entonces la realidad golpeó. Los rieles de hierro no podían soportar el peso. Se doblaron. Trevithick abandonó sus proyectos de locomotoras en 1808. La tecnología iba por delante de la infraestructura. Sucede mucho.
Él no se detuvo. En 1806, adaptó su motor para crear la primera draga de vapor. Los canales necesitaban limpieza. Él proporcionó el poder. Luego vino el sueño de la riqueza. En 1816 viajó a América del Sur. Llevó sus motores a las minas de plata peruanas. Pensó que esto le haría ganar una fortuna. No fue así. Regresó a Inglaterra en 1827. No tenía un centavo. Murió en Dartford, Kent, en 1833.
Pero primero hizo algo más. Demostró que el vapor podía moverse por sí solo. Sin caballos. Sin gravedad. Sólo presión y calor.


















