El argumento a favor de la velocidad: por qué la medicina debe repensar el progreso lento

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Durante décadas, la medicina ha operado bajo un paradigma cauteloso: un legado de fracasos pasados como la tragedia de la talidomida y la adopción prematura de una ciencia dietética defectuosa. Pero retrasar el progreso puede ser tan peligroso como acelerarlo, y la continua dependencia del índice de masa corporal (IMC) como métrica primaria de salud lo ilustra claramente.

Los defectos del IMC: una herramienta contundente

Se sabe desde hace tiempo que el IMC, un simple cálculo de peso y altura, es inexacto. No distingue entre masa muscular y grasa, ignora variaciones étnicas y regionales cruciales y clasifica erróneamente a millones de personas con sobrepeso cuando no lo tienen. Este diagnóstico erróneo tiene consecuencias tangibles, incluida la negación de tratamientos esenciales como intervenciones de fertilidad y cirugías electivas.

A pesar de que hay mejores alternativas disponibles, el mundo médico ha tardado en actuar. El año pasado, The Lancet recomendó formalmente no confiar únicamente en el IMC para evaluar la obesidad, una sugerencia adoptada por 75 organizaciones médicas internacionales. Este cambio se ha retrasado durante años.

Rompiendo la inercia médica

El retraso no se debe sólo a un exceso de precaución derivado de errores pasados; también se debe a la falta de evidencia definitiva, a un consenso insuficiente y, fundamentalmente, a un liderazgo dispuesto a impulsar el cambio.

El desarrollo de la vacuna contra la COVID-19 contrasta marcadamente. En un plazo que antes se consideraba imposible, se crearon y desplegaron las vacunas, salvando aproximadamente 14 millones de vidas en el primer año. Esto demuestra que es posible adoptar medidas rápidas, seguras y basadas en evidencia cuando la urgencia es clara.

Más allá del IMC: un llamado a una innovación sanitaria más rápida

Se necesita el mismo enfoque en múltiples áreas de la atención sanitaria que se han estancado. Una atención más eficaz para la menopausia, nuevos tratamientos psiquiátricos, mayores opciones de anticoncepción masculina y nuevos antibióticos que se necesitan desesperadamente son sólo algunos ejemplos.

La precaución es vital, pero el tiempo de la parálisis ha pasado. Ahora debemos actuar con rapidez, aprovechando enfoques basados ​​en evidencia para acelerar la innovación en la atención médica. El objetivo no es romper cosas, sino evitar que el lento progreso dañe innecesariamente a millones.

El futuro de la medicina exige voluntad de actuar con rapidez sin comprometer la seguridad, tal como lo hicimos con las vacunas COVID-19. Hay demasiado en juego como para permanecer atrapados en prácticas obsoletas.

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