Investigaciones recientes sugieren que en los países desarrollados, la esperanza de vida humana está actualmente determinada en aproximadamente un 50% por factores genéticos heredados y en un 50% por influencias ambientales. Este hallazgo, basado en un nuevo análisis de estudios de gemelos realizados hace décadas en Dinamarca y Suecia, representa un cambio con respecto a estimaciones anteriores que situaban la influencia genética en sólo el 25%.
El papel cambiante de la genética
La estimación actualizada no significa que el medio ambiente sea menos importante; más bien, reconoce un componente genético más fuerte de lo que se pensaba anteriormente. Como explica Joris Deelen, del Centro Médico de la Universidad de Leiden, “al menos el 50% es atribuible a factores ambientales, por lo que el medio ambiente sigue desempeñando un papel importante”. Esto es crucial porque la heredabilidad no es fija; varía según la población y las condiciones en las que vive.
El principio es simple: si las condiciones son uniformes (como un campo perfectamente plano para el trigo), la genética dominará las variaciones en el resultado (altura). Pero en entornos variados, los factores externos se vuelven más decisivos. Lo mismo se aplica a los humanos.
Cómo funciona el estudio
Los investigadores analizaron datos de gemelos nacidos entre 1870 y 1935 en Suecia y Dinamarca. Al centrarse en las muertes por afecciones relacionadas con la edad (como ataques cardíacos) en lugar de accidentes o infecciones, descubrieron que la genética representaba aproximadamente la mitad de la variación de la esperanza de vida. Esto concuerda con las observaciones realizadas en estudios sobre el envejecimiento de animales, donde los factores genéticos suelen desempeñar un papel más dominante.
Por qué esto es importante
Identificar las variantes genéticas específicas que influyen en la esperanza de vida podría ser un paso clave hacia el desarrollo de fármacos que prolonguen la vida humana. Sin embargo, hasta ahora se han descubierto pocos genes asociados a la longevidad. Esta brecha sugiere que la genética del envejecimiento es increíblemente compleja, con posibles compensaciones entre diferentes rasgos. Por ejemplo, los genes que suprimen las enfermedades autoinmunes también podrían debilitar la resistencia a las infecciones.
El futuro de la investigación sobre la longevidad
Un desafío es que la mayoría de los estudios en curso (como el Biobanco del Reino Unido) involucran a participantes que todavía están vivos, lo que limita el poder estadístico. Además, comparar la esperanza de vida entre especies revela limitaciones genéticas aún más dramáticas. El genoma de un ratón nunca permitirá una vida útil superior a unos pocos años, mientras que los genes de una ballena de Groenlandia permiten una supervivencia de más de dos siglos.
El estudio refuerza la idea de que la longevidad humana es producto tanto de la naturaleza como de la crianza. Será necesario realizar más investigaciones para desentrañar la compleja interacción entre los genes y el medio ambiente para desbloquear todo el potencial de la extensión de la vida.
